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A 40 años de la liberación del comunismo, ¿rumbo a caer de nuevo en él?

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“Los pueblos que olvidan las lecciones de la Historia, están condenados a repetirlas”

Las Sagradas Escrituras cuentan que el éxodo del pueblo judío del cautiverio de Egipto hacia la Tierra Prometida duró 40 años, y que ninguno de los que salió de Egipto, a excepción de Josué, consiguió llegar con vida a la Palestina.

Imagínese el lector que, además de esa enorme demora, el pueblo elegido hubiese debido pasar por una prueba aún mayor por culpa de quienes lo conducían a través del desierto, y que, habiendo perdido el rumbo, en vez de alejarse de Egipto, se dirigiese hacia el lugar de donde había salido. Se diría que no podría haber un castigo mayor a la dureza de corazón del pueblo elegido. Pero Dios no le infligió semejante castigo.

Mutatis mutandis, esta hipotética situación no está muy lejos de ocurrir con nuestra Nación. En este mes de septiembre se cumplen precisamente 40 años de la salida de Chile del cautiverio marxista, al cual nos tenía sometido el “hermano menor” del gran faraón de entonces, Leonid Brezhnev.

Basta mirar a la infortunada nación cubana, que ya lleva más de 60 años esclavizada a similares tiranos, para entender lo que habría significado para Chile continuar en ese siniestro cautiverio.

Hace pocos meses, se cumplieron 50 años de vigencia de las tarjetas de racionamiento en la Isla‒Presidio, las cuales le proporcionan al pueblo cubano las miserables “cebollas” que el anciano y decrépito tirano Castro II les entrega para que literalmente no mueran de hambre. O sea, son un recurso del régimen comunista para administrar la miseria, la desesperanza y la inanición, de modo que no se produzca la caída del régimen colectivista.

Esa sería la situación de Chile si no hubiese ocurrido el Pronunciamiento cívico‒militar del 11 de septiembre de 1973. Prueba de ello es que la situación de Cuba hoy no es diferente a la de otras naciones que aún gimen bajo el régimen comunista o neo‒comunista, como Corea del Norte o Venezuela. Los países que vivieron ese cautiverio hasta 1989, cuando cayó la Cortina de Hierro, se encontraban entonces en similar postración moral, anímica y económica, de la cual les ha costado mucho recuperarse.

Por todo lo anterior, se explicaría que, al cumplirse los 40 años de nuestra liberación, todo el pueblo chileno saliera a festejar en las calles el aniversario del día en que esto se produjo y a rendir un homenaje a la memoria de las personas que fueron decisivas para ello.

Las colas: uno de los numerosos sufrimientos impuestos por la UP a chilenos de todas las clases sociales

Sin embargo, el panorama que vivimos dista mucho de tales festejos. Al contrario, pareciera que, por la ceguera de quienes han conducido el País a lo largo de estos 40 años, Chile se encuentra en peligro de volver a una versión del mismo cautiverio moral del cual fue rescatado.

Un pequeño pero significativo ejemplo de ese espíritu es el reciente cambio de nombre, sin mayores protestas, de la Avda. 11 de septiembre, por parte de la nueva Alcaldesa de la Comuna de Providencia.

Mucho más importante aún es la posibilidad de que los seguidores de los faraones de entonces, el PC y los socialistas hoy agrupados con la DC en “la Nueva Mayoría”, vuelvan a tomar el poder político, con banderas populistas de corte chavista, análogas a las estatistas, igualitarias y amenazantes de 1970. Máxime porque es probable que acaben utilizando nuevas violencias, confiscaciones, “resquicios legales”, brigadas y tribunales populares, violaciones continuas a la Constitución y a las leyes, etc., cada vez que lo crean necesario para seguir en el Poder, como acostumbran a hacerlo las corrientes de izquierda.

Tanto es así que una de las alternativas que la candidatura de la Sra. Bachelet plantea es la convocación de una Constituyente ‒que la Constitución actual no permite‒ para aproximar Chile a los moldes socialistas, tirar por la borda todo el progreso obtenido hasta hoy por el País y lanzarlo al despeñadero socialista.

Más aún, como si esto no le fuese suficiente para satisfacer las ansias de imponer las consignas de la izquierda, comienza a pronunciarse a favor del aborto, del pseudo matrimonio homosexual y de la posibilidad de que las parejas sodomitas adopten niños, todo lo cual constituye un desafío al Chile cristiano.

Ante esta posible catástrofe es lógico preguntarse cómo pudo ser que el conjunto de los líderes nacionales, sin excluir de entre ellos a los de derecha o centro derecha, haya conducido al País a la inminencia de que tal cosa suceda.

Una primera respuesta que puede darse es la del conocido aforismo que dice que “los pueblos que olvidan las lecciones de la Historia, están condenados a repetirlas”. El cual se asemeja mucho en contenido a otro que afirma que “el hombre es el único animal que pone su pie en el mismo agujero en el cual cayó”.

Pero, aunque tales aforismos puedan aplicarse a nuestra situación, no resuelven el centro del problema. En efecto, ¿cómo en Chile se pudo olvidar de forma tan rápida la situación de agobiante miseria, violencia, injusticia y opresión a que nos redujo el gobierno de la UP en los mil días en que dirigió al País? ¿Cómo lograron, quienes cooperaron a tal catástrofe, captar de nuevo la confianza de una parte significativa de la Nación, como para promover ahora su recaída en ella?

Una primera respuesta a esta pregunta es que las naciones, al igual que las personas, en vez de sacar las lecciones necesarias de las dificultades por las cuales pasan, tienden frecuentemente a olvidarlas, prestando más atención al alivio que posteriormente se produjo, que a las angustias sufridas antes de la liberación.

En nuestro caso, la preocupación casi obsesiva por enriquecerse, tanto en el plano individual como colectivo, y al mismo tiempo, el dejar de lado todas las controversias doctrinarias con los antiguos adversarios ideológicos, fueron dos factores iniciales para producir tal olvido.

Un tercer elemento que contribuyó a producir esta amnesia nacional fue el deseo frenético del gozo de la vida. La obsesión del consumo hizo que muchos vivieran únicamente preocupados de gozar el día a día. Así, los valores morales en los que se sustenta la familia se deterioraron paulatina e inexorablemente, dando origen a una nueva forma de sociedad, compuesta por lo que hoy se llama eufemísticamente, “todo tipo de familias”.

De este modo, se fue perdiendo el horizonte del pasado y del futuro, y los hechos ocurridos hace 40 años atrás se ven hoy, especialmente para las generaciones más nuevas, tan lejanos y remotos, como la Independencia nacional o la guerra civil de 1891.

Para que esta amnesia colectiva no se acabase por causa de algún sobresalto, era indispensable que se dieran otras dos circunstancias en la opinión pública nacional.

Por una parte, que los cómplices o continuadores de los líderes de la UP ‒es decir, los socialistas y comunistas‒ aparecieran como “mansos corderos”, más víctimas que victimarios y además injustamente perseguidos. Tal posición cambiaría la emotividad nacional y nublaría en la memoria del País el recuerdo de que fueron los marxistas quienes produjeron la peor crisis moral y económica de su historia.

Ciertamente que algunos excesos cometidos durante la represión al comunismo, contribuyeron a poner a los autores de la agresión a Chile, como las víctimas, e hicieron olvidar a muchos que fue la inminencia de que tal tragedia se volviese irreversible lo que exigió el Pronunciamiento militar, en medio de las cuales se vivieron esas circunstancias.

Por otro lado, era necesario también que los continuadores de quienes protagonizaron tal intervención, o sea, la derecha y la centro‒derecha, dieran crédito a las supuestas buenas intenciones y a la “renovación” de sus antiguos adversarios, dejando de insistir en la injusticia intrínseca de los postulados ideológicos marxistas. Y que a esto se sumase la Democracia Cristiana, prosiguiendo su colaboración continua con las izquierdas, incluida la comunista, que ha mantenido, no por 40, sino por más de 50 años, sin mostrar vergüenza alguna.

En grandes líneas, la confluencia de estas actitudes de los dos polos de la vida pública nacional impulsó la política de estos 40 años, induciendo a todos los sectores a la ilusión de que, así ‒es decir, mediante la claudicación de la derecha, la impenitencia de la izquierda y la colusión de ésta con los supuestamente neutros‒ se llegaría a la reconciliación nacional. Tal consenso lograría que los chilenos, por fin unidos en un ánimo de concordia, se abrazasen en un clima de pacifismo relativista.

Para que tal actitud fuera completa, era también indispensable que una parte decisiva del clero, incluidas importantes autoridades episcopales, favoreciera la búsqueda de tal consenso, dejando que las condenaciones del Magisterio Pontificio a los errores del comunismo y del socialismo cayesen en el olvido y poniendo reservas cada vez más enfáticas a la licitud del sistema de propiedad privada, libre iniciativa, economía de mercado y subsidiariedad.

Ninguno de esos ingredientes faltó en estos 40 años para lograr aproximar gradualmente a Chile del modelo chavista y del cautiverio comunista. ¿Cómo extrañar entonces que estemos en la inminencia de cruzar el Mar Rojo en sentido opuesto al del 11 de septiembre de 1973, justo cuando varios países hermanos en el Continente yacen hoy, por causa del socialismo y de la indolencia frente a él, en crisis semejantes a la sufrida por nosotros hace 40 años?

Algún lector nos podría objetar que nuestro análisis es muy pesimista y que, en vez de dar ánimo a quienes desearían resistir a la autodenominada “Nueva mayoría”, lo único que consigue es producir el desánimo.

Respondemos a nuestro eventual objetante que el ánimo de combatir al error no puede surgir de esconder la cabeza dentro de la arena, como hace el avestruz ante el peligro. Al contrario, los hombres capaces de enfrentar las circunstancias adversas son aquellos que saben verlas de frente y de antemano, así como de oponerse a ellas con resolución y lucidez.

Si ‒como mostramos‒ la situación que hoy vivimos es fruto de la preocupación exclusiva por la bonanza económica, por el goce obsesivo de la prosperidad y del relativismo moral y doctrinario, entonces, la única solución es la de oponerse a tal relativismo, promoviendo la claridad de los principios morales y su coherente observancia, en especial en el campo de la virtudes que sostienen la familia natural y cristiana y la propiedad privada, incluida su función social.

Es claro que esta actitud exige esfuerzos mucho mayores y sostenidos que los de empeñarse en una mera campaña política. Por lo anterior, creemos que es indispensable revertir con decisión los factores aquí sumariamente descritos.

De lo contrario, un eventual triunfo de la candidatura de la Alianza, aunque consiga alejar por un tiempo más el peligro neo‒marxista, a la larga no impedirá que sigan agravándose los factores de esta situación de ceguera, indolencia y amnesia nacionales, volviendo posible que el País dé algunos pasos más rumbo al abismo. Hasta, quizá, caer en él.

Que la Santísima Virgen del Carmen, Reina y Patrona de Chile, nos conceda un renacer de la ufanía y de la combatividad cristianas, hoy tan decaídas entre nosotros, antes de que esa decadencia se convierta en ruina y perdición. Y que esas virtudes fructifiquen en firmeza indefectible en los principios cristianos, que haga retroceder a los enemigos de la Fe. ■

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08/09/2013 | Por | Categoría: Decadencia Occidente
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