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Reflexiones en la fiesta de la Resurrección de Cristo

La Resurrección representa el triunfo externo y definitivo de Nuestro Señor Jesucristo, la derrota completa de sus adversarios y el argumento máximo de nuestra Fe. San Pablo afirma que si Cristo no hubiese resucitado, nuestra Fe sería vana. Es en el hecho sobrenatural de la Resurrección que se funda todo el edificio de nuestras creencias.

Cristo, Nuestra Señor, no fue resucitado: resucitó. Lázaro, fue resucitado. Él estaba muerto. Jesucristo lo llamó de la muerte a la vida. Al Divino Redentor, nadie lo resucitó. Él se resucitó a sí mismo. No tuvo necesidad de nadie que lo llamase a la vida. Volvió a ella cuando quiso.

Se ha hablado mucho… y se ha sonreído a respecto de la resistencia de Santo Tomás a admitir la Resurrección. Quizá haya en esto alguna exageración. Lo que es cierto es que tenemos ante nuestros ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada que la del Apóstol. En efecto, Santo Tomás había dicho que necesitaría tocar con sus manos a Nuestro Señor para creer. Pero, viéndolo, creyó inmediatamente, antes le tocarlo. San Agustín ve en esa dificultad inicial del Apóstol una disposición providencial. El Santo Doctor de Hipona dice que el mundo entero quedó suspendido del dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad para aceptar los motivos de creer, sirve de garantía a todas las almas timoratas de todos los siglos sobre la objetividad de la Resurrección, de que no se trató del fruto de imaginaciones en ebullición.

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Santo Tomás mete el dedo en la llaga de Nuestro Señor

Todo cuanto se refiere a Nuestro Señor tiene una aplicación por analogía a la Santa Iglesia Católica. En la Historia de la Iglesia vemos con frecuencia que, cuando ella parecía irremediablemente perdida, y todos los síntomas de una próxima catástrofe parecían minar su organismo, ocurrieron siempre acontecimientos que la han mantenido viva contra todas las expectativas de sus adversarios.

Es algo curioso que a veces no son los amigos de la Santa Iglesia quienes la socorren: son sus propios enemigos. En una época muy delicada para el Catolicismo, como fue la de Napoleón, se dio el episodio mil veces curioso de que el Cónclave para elegir a Pío VII se realizó bajo la protección de las tropas rusas, siendo ellas cismáticas, dirigidas por un soberano cismático. En Rusia, la práctica de la Religión católica era impedida de mil maneras. Sin embargo, las tropas de ese país aseguraron en Italia la libre elección de un soberano Pontífice, precisamente en el momento en que la vacancia de la Sede de Pedro habría acarreado para la Santa Iglesia perjuicios de los cuales -humanamente hablando- tal vez no se hubiese levantado jamás.

Estos son medios maravillosos que la Providencia utiliza para demostrar que ella tiene el supremo gobierno de todas las cosas. Pero no pensemos que la Iglesia debió su salvación a Constantino, a Carlomagno, a D. Juan de Austria o a las tropas rusas. Aún cuando ella parezca enteramente abandonada, y aún cuando el concurso de los medios de victoria más indispensables en el orden natural parezcan faltarle, podemos estar seguros de que la Santa Iglesia no morirá. Y cuanto más inexplicable sea, humanamente hablando, la aparente resurrección de la iglesia -aparente, acentuamos, porque la muerte de la Iglesia nunca será real- tanto más gloriosa será la victoria.

En estos turbios y tristes años en que vivimos, confiemos. Pero confiemos no en esta o aquella potencia, no en este o aquel hombre, no en esta o aquella corriente ideológica, para operar la restauración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino en la Providencia Divina que obligará nuevamente a los mares a abrirse de par en par, moverá montañas y hará estremecer toda la tierra, si eso fuere necesario para el cumplimiento de la divina promesa: “Las puertas del infierno lo prevalecerán contra ella”.

Plinio Corrêa de Oliveira in “O Legionário”, nº 660, 1° de abril de 1945 (Trechos)

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15/04/2017 | Por | Categoría: Formación Católica
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