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Fiesta de todos los Santos (Podcast)

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Seguramente Ud. recordó que el 1° y el 2 de noviembre celebramos la Fiesta de todos los Santos y, al día siguiente, la de todos los difuntos.

Comencemos por explicar por qué esta diferencia de celebraciones de todos los santos y de los difuntos.

La fiesta de Todos los Santos tiene sus primitivos orígenes en el siglo III en las catacumbas romanas, donde los antiguos cristianos acostumbraban celebrar Misa junto a los restos mortales de aquellos numerosísimos mártires que, principalmente en tiempos de Diocleciano, habían dado, con su sangre, el supremo testimonio de amor de Dios: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”, dijo Nuestro Señor.

Más tarde, en el año 608, el Templo del Panteón en Roma, fue donado al Papa Bonifacio IV. Ese era el templo donde los romanos de la era pagana veneraban a todos sus ídolos, (de ahí el nombre de Panteón: pan –todos; teos, dioses). El Papa lo purificó y lo convirtió en una iglesia en honra de la Santísima Virgen. Dos siglos más tarde, el 1° de noviembre de 835, el papa Gregorio IV trasladó de las catacumbas a esa iglesia gran número de restos de mártires y la volvió a consagrar denominándola Santa María de los Mártires.

Ya por el siglo VIII estaba extendida la costumbre de celebrar Misa en conmemoración de los santos y fue San Gregorio VII quién colocó la fiesta definitivamente en el calendario litúrgico, fijándola el 1° de noviembre, en recuerdo de ese traslado.

Como Ud. ve, hubo un largo itinerario, de varios siglos, desde el culto a los mártires en las catacumbas hasta la introducción de la Fiesta de todos los santos para los católicos del mundo entero.

Por su parte, el día de todos los difuntos satisface a un anhelo que está en el corazón de los hombres que saben que después de la muerte hay otra vida y que los lleva a cumplir con una obligación de caridad para con sus deudos.

A propósito de la muerte, la Fe católica nos enseña dos cosas que vale la pena recordar en este programa.

La primera es que todos somos creados por Dios, dotados de un cuerpo mortal y de un alma inmortal. Y por más que constatemos que el cuerpo de nuestros antepasados ya no es más que un cadáver reducido a polvo, sabemos que el alma sigue viva y, por eso, queremos que, desde ahora, ella descanse eternamente en la presencia de Dios.

La segunda cosa que hay que recordar es que el Credo que rezamos, y que es un resumen de las verdades fundamentales de nuestra Fe, dice: “Creo en la resurrección de la carne”. Es decir, todos los cuerpos están llamados a resucitar en el último día y a juntarse nuevamente con su alma, para recibir un premio o un castigo eternos. De ahí que los cuerpos de los difuntos deban ser siempre tratados con respeto y, si se trata de personas virtuosas, con veneración.

Infelizmente, en nuestra sociedad materialista y atea, muchos quieren vivir como si nunca se fuese a morir y, por eso, hacen lo posible para “ignorar” esas dos verdades de la inmortalidad del alma y de la resurrección de los cuerpos.

Para justificarse, argumentan que la muerte trae sentimientos muy tristes y dolorosos y que quien está pensando en cosas tristes queda deprimido, razón por la cual es mejor olvidarse de la muerte.

Y cuando inexorablemente ella llega (siempre piensan que será para los que los rodean, pues nunca consideran la propia) la tratan como si fuera una reunión social. Nada de lágrimas, nada de luto, nada de tristeza, ni siquiera estar cerca del difunto. Esta actitud está tan difundida en nuestro país que hoy constituye un fenómeno universal.

Por este motivo nos pareció oportuno dar a conocer un trecho del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, que tiene la actualidad permanente de las verdades de la Fe.

El Profesor Plinio comienza por mostrar el desequilibrio que se observa frecuentemente en los monumentos fúnebres del siglo XIX. Le damos la palabra:

“Una cosa es una separación temporal, otra es una separación definitiva. La Iglesia siempre aprobó que se llorase la muerte, pero como una separación pasajera que terminará en un feliz reencuentro en la bienaventuranza eterna. Es un dolor sentido, sí, pero lleno de esperanza, de consolación, de resignación. Sucede que el siglo XIX fue un siglo sin Fe, que veía las sombras de la muerte, pero que no quería ver atrás de esas sombras las claridades de la resurrección y del Cielo. De ahí la nota de tragedia y de desesperación tan frecuentes en esa época, en materia funeraria”

Después el autor — que vivió en el siglo XX — indica el desequilibrio opuesto que había en su tiempo y que infelizmente hoy se agravó aún más.

“Nadie puede meditar detenidamente sobre la muerte, cuando no tiene Fe. En el siglo XX los hombres comenzaron a desviar la cara de la muerte. De ahí una tendencia a restringir hasta eliminar la solemnidad de todo aquello que la rodea.

“Otrora los cadáveres eran velados en casa por veinticuatro horas. Hoy a veces no se completan doce horas [y no se hace en casa]. (…) Otrora los carros fúnebres eran tirados por caballos, costumbre que se conservó por muchos años después de la introducción del automóvil en la vida civil. (…) Otrora el luto era largo y muy visible. Hoy es rápido y reducido. El punto extremos de estas transformaciones fue alcanzado por cierto país en que –por lo menos en algunas regiones-los cadáveres son pintados como si estuviesen vivos, arreglados como para una fiesta, y sentados en actitud normal en el “living” de la casa. Los amigos se reúnen. Alguien toca unas músicas suaves. Después van todos para un lindo jardín que sirve de cementerio. El muerto envuelto en un paño verde, y verde chillón, baja a la sepultura o entra en el horno crematorio. Y está terminado el funeral. De luto, ni se hable”.

¡Cuán diferente es esta descripción con ciertos entierros que aún se pueden ver en pequeñas ciudades de nuestras provincias! El cuerpo del difunto, después de recibir las últimas bendiciones en la iglesia parroquial es llevado al doble de campanas, en carro abierto, lentamente, a pie, empujado por los familiares, seguido de su viuda y de sus hijas, vistiendo de luto, y acompañado por casi todo el pueblo que con él convivió por muchos años.

En realidad, hay dos instituciones que saben dignificar los entierros. En primer lugar, la Iglesia que nos recuerda siempre el carácter transitorio de la separación con nuestros difuntos.

En segundo lugar, las honras fúnebres militares de quien perteneció a alguna institución castrense o de Orden. El ataúd es cubierto por la bandera nacional como para recordar que el cadáver que ahí reposa, se dedicó al servicio de la Patria; la banda de guerra lo acompaña tocando hasta el cementerio donde resonarán los últimos himnos marciales al compás de los cuales el difunto marchó.

***

Quizá Ud. se pregunte por qué razón hicimos un tan largo comentario sobre la muerte. La respuesta es sencilla. Porque, en cierto sentido, no hay nada más importante en la vida que la muerte.

Mientras los hombres no sepamos tener una actitud recta, equilibrada, cristiana delante de la muerte, no seremos capaces de tener una actitud recta, cristiana y equilibrada delante de la vida.

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31/10/2017 | Por | Categoría: Fiestas religiosas
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