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El que lo hereda no lo hurta (Podcast)

En nuestro programa anterior conversamos sobre el valor de la tradición y dijimos que ella representaba la natural continuidad por donde una generación transmite a otra los valores, las virtudes y los conocimientos que ella misma recibió de la anterior, sumado a lo que ella fue capaz de agregar en el período de su vida.

Dijimos también, que la condición para el progreso de una sociedad, consistía en el respeto al papel de la tradición, pues ésta permite ir sumando los aportes de cada generación.

Y quedamos en referirnos a un aspecto muy importante de la tradición que es el derecho de la herencia.

El que lo hereda no lo hurta”, dice un viejo y sabio refrán. Por él se entiende que las características psicológicas, morales o físicas que una persona hereda de sus padres, le pertenecen, pues ella las recibió de sus progenitores.

Tal forma de entender la hereditariedad es correcta y se comprende, pues, antes que nada ella es una herencia misteriosa de valores y virtudes que una generación lega a la que le sigue.

Al respecto de esa misteriosa trasmisión, el Papa Pio XII decía: “La hereditariedad espiritual transmitida, no tanto por estos misteriosos vínculos de la generación material, cuanto por la acción permanente de aquel ambiente privilegiado que constituye la familia, con la lenta y profunda formación de las almas en la atmósfera de un hogar rico de altas tradiciones intelectuales, morales y sobre todo cristianas, (…)es el patrimonio más que todos precioso, (…), que iluminado por la fe, vivificado por fuerte y fiel práctica de la vida cristiana en todas sus exigencias, elevará , perfeccionará y enriquecerá las almas de vuestros hijos.”

Es claro, por lo tanto, que el principal legado que los padres dejan a sus hijos es ese depósito de virtudes morales e intelectuales a las cuales se refiere el Papa.

Sin embargo, la herencia no se limita sólo a este aspecto espiritual, por más principal que éste sea.

Los seres humanos somos dotados de carne y de espíritu. Es natural por lo tanto que los padres vean en sus hijos una continuación de sí mismos, pues ellos son “carne de su carne y sangre de su sangre”.

Siendo así, los padres trabajan no sólo por su propio bienestar personal, sino por el bien moral y material de sus hijos.

El hecho de saber que, alcanzando mejores entradas podremos darles una mejor educación, es uno de los principales estímulos que poseemos para trabajar con mayor empeño.

Esto es tanto así que, si le dijesen que Ud. que no podrá compartir con sus hijos el fruto de su trabajo, Ud. perdería inmediatamente las ganas de trabajar. Haría estrictamente lo necesario para no morir de hambre.

Ésta es una de las principales causas por las cuales las economías de los países comunistas han sido siempre fracasadas.

Hace pocos días atrás se cumplió medio siglo de la vigencia de las tarjetas de racionamiento existentes en Cuba. Ellas permiten a las familias retirar una mísera canasta de alimentos a precios subsidiados por el gobierno cubano.

50 años. Son dos generaciones en que nadie tuvo el derecho de juntar nada, ni de transmitirle nada a la siguiente. Triste situación que se asemeja mucho a la situación de los esclavos en los pueblos de la antigüedad pagana.

Precisamente porque somos dueños de nosotros mismos es que somos dueños también de nuestro trabajo. Y, el trabajo acumulado es lo que se transforma en el patrimonio. De tal patrimonio, que significa precisamente el encargo o el servicio del padre, éste tiene el derecho y el deber de disponer en favor de sus hijos.

Y previendo las incertezas del día de mañana, Ud., como padre o madre, tiene también el derecho de legarlo a sus hijos para su sustento en caso de que puedan faltar para apoyarlos. Nada más natural y nada más de acuerdo con los derechos y deberes de la familia.

Tal concepción hereditaria de los bienes ayuda también a los padres a ser más generosos y responsables con los bienes que juntan, pues entienden que ellos no son sólo para su usufructo individual y egoísta, sino que se prolongarán en el bien de las generaciones que le siguen.

Así, la caridad, como lo dice el aforismo, “comienza por casa”. Pero quien es generoso con los suyos naturalmente tenderá a ser generoso con los círculos que rodean más próximamente a su familia.

De este modo las familias y el conjunto de la sociedad va practicando, sin la coerción del Estado ni de ninguna autoridad civil, aquello que está en el Primero y más importante de los Mandamientos de la Ley de Dios: “Amarás al Señor sobre toda las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Sublime libertad que nos proporciona la visión cristiana, en virtud de la cual todos podemos desarrollarnos de acuerdo a las capacidades y talentos que la Providencia puso en cada uno y de legarlos con tranquilidad para el beneficio de nuestros seres queridos al final del trayecto de esta vida.

¿Podrá alguien decir que esto constituye una injusticia?

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07/08/2013 | Por | Categoría: Familia tradicional
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