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La verdadera fisonomía de los santos

25 de agosto es la fiesta de San Luis IX, rey, confesor de la fe, cruzado y modelo de jefe de Estado católico. Hay dos maneras diferentes por las que las personas representan a San Luis IX. Una es como realmente fue, la otra es una distorsión de su persona débil y afeminada.

Muchos artistas hacen una interpretación distorsionada de San Pío X.

Esta dicotomía es similar a la que existe entre las interpretaciones de muchos artistas de San Pío X. Por un lado, retratan a un hombre gigantesco, de fuerte alma y rey ​​espiritual, consciente de su dignidad.

Por otro lado, muchos artistas lo representan como un abuelo viejo y débil, cuya fisonomía parece pedir perdón por ser Papa y lamentar no ser un simple sacerdote. Hay un abismo entre esta representación adulterada y el histórico San Pío X, que fue el héroe contra el modernismo.

Lo mismo ocurre con San Luis IX. Por un lado, lo retratan distribuyendo la justicia bajo el roble famoso en Vincennes, como un rey que vivía bajo los árboles y que prefería estar allí en lugar de llevar la vida de castillo, administrar los asuntos de Estado y emprender guerras en medio de la pompa y el ceremonial que corresponde al primer reino de la Cristiandad.

En estas representaciones, realiza un juicio enfermizo, sin duda perdona a todos y sólo trata de cosas simples que no requieren astucia, ingenio o fuerza de voluntad. Esta se ha convertido en la imagen preponderante de San Luis IX. Los campesinos que lo rodean están infectados con la misma debilidad. Por asociación, todo el mundo medieval es retratado de una manera payasesca, que consta de reyes endebles, rodeados de montañas de debilidad.

Del mismo modo, muchas pinturas de San Luis IX lo muestran como un enclenque que contradice la realidad histórica y está en agudo contraste con otras representaciones más realistas.

Los enemigos de la civilización cristiana utilizan hábilmente esta representación para denigrar a los reyes que sucedieron a San Luis. “Él era bueno porque era simple”, dicen, “él simplemente se sentaba bajo el árbol y juzgaba”. De esta manera, presentan a Luis XIV en su gloria de Versailles, rodeado de belleza y pompa, como algo intrínsecamente malo.

Para rechazar esta falsa imagen, es bueno recordar el verdadero San Luis IX, que era a la vez un hombre de Estado y cruzado.

San Luis: un hombre de Estado

San Luis IX, fue un rey de una monarquía orgánica. No era una persona que tenía como regla la no intervención y que abandonó los asuntos del Estado a sus vasallos, sino más bien alguien que conocía sus derechos y responsabilidades, y que los protegía. Cuando sus vasallos trataron de enfrentar o disminuir su autoridad, les resistió para mantener el poder real.

Sin embargo, también fue un gran defensor de la autonomía de los señores feudales en sus respectivos feudos. Una vez, durante una visita a una iglesia, unos clientes de una taberna cercana comenzaron un alboroto que perturbaba su oración. Cuando se le pidió que diera órdenes para hacer cesar el alboroto, él respondió: “Digan a mis hombres que busquen al señor de este feudo y le pidan que restaure el orden”.

A pesar de que habría sido más fácil dar órdenes directamente como rey, su respeto por las costumbres feudales y por todos los grados de jerarquía, no le permitían interferir en el gobierno local. Por amor a la naturaleza orgánica de la sociedad, escrupulosamente mantuvo la estructura feudal. En esto, él era muy diferente de los reyes franceses posteriores, como Luis XIV, Luis XIII, Enrique IV y hasta Luis XI, que sistemáticamente destruyeron esa misma estructura.

San Luis también protegió a los gremios y los hizo aceptar las normas redactadas de acuerdo con las costumbres. Esto dio una estructura a estas organizaciones autónomas. Así, mientras apoyaba todo poder independiente legítimo en su reino, seguía siendo su centro de gravedad.

San Luis, defendió incluso su poder real contra de la Santa Sede. Se enfrentó al Vaticano por interferir en los asuntos estrictamente temporales de Francia, llevando la presión hasta hacer cesar el abuso. Cuando esto fue estudiado durante su proceso de canonización, fue justificado.

San Luis: El Cruzado

Como guerrero, San Luis luchó en dos Cruzadas y murió de peste en Túnez. Enfermo y postrado en la cama, murió derrotado y lloroso, mientras todo el mundo lo compadecía. Esta triste historia es auténtica, pero no completa.

San Luis fue también el rey descrito por Joinville, que partió hacia las cruzadas en toda su magnificencia, dominando su ejército y revestido de pies a cabeza en brillante armadura dorada. Cuando su barco se acercó a la costa egipcia, su entusiasmo era tal que no podía esperar a que el buque tocara tierra. Se lanzó, con todas sus armas, en el mar y corrió a tierra para liderar el ataque, antes de que sus hombres llegaran a la tierra.

Esta y otras acciones le han inmortalizado como un guerrero perfecto. Esta imagen debe ser considerada junto con la imagen del soldado herido, enfermo y sufridor, que llegó a ser venerado por la imitación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Sólo la combinación de todos estos aspectos puede dar una imagen adecuada del rey San Luis IX.

Un rey amado por su pueblo

Como modelo de estadista y cruzado, San Luis fue amado e incluso venerado por su pueblo. Hay evidencias conmovedoras de esto.

Aunque las monedas medievales son raras, la más común son las acuñadas durante el reinado de San Luis. Porque su efigie estaba en estas monedas, su pueblo las mantuvo como medallas y como recuerdo de su reinado. Ellos guardaban estas monedas con tanto cuidado, que muchas han subsistido. Estas son más numerosas que todas las demás monedas de la época.

Esto demuestra cómo un líder verdaderamente virtuoso eleva a su pueblo.

Hay una hermosa oración a San Luis escrita por el Condestable Du Guesclin, uno de los de compañeros de armas de Santa Juana de Arco. Aunque escrito años después de la muerte de San Luis, da una idea de lo grande que era el Santo.

Mantenme puro como el lirio grabado en tu escudo de armas, Oh tú que guardaste tu palabra incluso dada a los infieles. Nunca permitas que una mentira salga de mis labios, aunque la verdad pueda costarme la vida. Hombre de proeza, incapaz de retirada, quema los puentes que conducen a mis excusas, para que siempre avance hacia la parte más ardua de la batalla.

Este texto fue tomado de una conferencia informal del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dada el 25 de agosto de 1964. Se ha traducido y adaptado para su publicación sin su revisión. -Ed.

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25/08/2017 | Por | Categoría: Formación Católica
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