La verdadera caridad
Existe una tendencia a mostrar la caridad casi exclusivamente como si fuera la virtud por la cual se busca sólo aliviar los sufrimientos del cuerpo. Parecen olvidar que Nuestro Señor enseñó que primero se debe a amar a Dios y, en segundo lugar, al prójimo como a uno mismo.¿Dónde está el equilibrio?
Así como el agua verdaderamente pura no nace en los valles sombríos sino que , saliendo de lo más profundo de las entrañas de la tierra, se eleva hasta las cumbres de los montes, de donde brota en arroyos cristalinos; así también la verdadera caridad no es el sentimiento que tiene su origen en las afecciones naturales, transitorias y caprichosas de los hombres entre sí, sino en el amor que, saliendo de lo más profundo del corazón humano, se eleva hasta Dios, y desde allá, como de una vertiente limpia y cristalina en lo alto de una montaña, desciende sobre todas las criaturas.
La primera caridad, por lo tanto, la caridad verdadera y exenta del lodo de los afectos humanos, es la que se eleva directamente a Dios.
Pero el amor de Dios bien entendido no se limita a una adoración inerte y exclusiva, sino que se refleja sobre los hombres, criaturas del propio Dios.
Son éstos los datos que nos proporciona la Fe. Y la observación directa de los hechos que nos cercan confirma claramente la Fe, ya que el verdadero amor al prójimo sólo se encuentra en las criaturas que tienen verdadero amor a Dios.
Nunca se ha visto a un ateo besar, en un delirio de amor, las llagas repelentes de un leproso, como hizo San Francisco de Asís.
Y nunca se consiguió mantener un hospital con enfermeras sin Fe, con el celo y la perfección continua con que lo hacen las Hermanas de la Caridad.
El verdadero amor al prójimo, por lo tanto, sólo puede ser entendido como un reflejo del amor de Dios.
Pero los hombres son animales racionales, dotados de un cuerpo material y mortal, y de un alma inmaterial e inmortal. La importancia del alma, evidentemente, es mucho mayor que la del cuerpo. El cuerpo sano nada es para un alma infeliz sino una prisión insoportable, cuyas cadenas son tantas veces quebrantadas por el suicidio.
Así, los males del alma, los pecados, las infelicidades de todo tipo, constituyen para el individuo un peso mucho más doloroso y mucho más terrible que todos los padecimientos físicos.
Efectivamente, cuando muere el cuerpo, desaparecen con él todas las enfermedades. El alma no muere y pagará sus pecados eternamente.
Por eso el Cristianismo muestra el inmenso deseo que tuvo Dios Nuestro Señor de salvar nuestras almas. No fue para salvar cuerpos que el Redentor vino al mundo y que un Dios se hizo inmolar en expiación de los pecados de sus criaturas. No fue para salvar los cuerpos que la Iglesia fue instituida, ni es para salvar cuerpos que los Sacramentos existen. Almas, almas y siempre almas, es lo que desea Jesús. Cuando curaba cuerpos, fue constantemente con el fin principal de salvar almas. Y, por el contrario, muchas veces envía grandes dolores físicos a algunas personas para atraerlas a la penitencia por medio del sufrimiento. Esto significa que El permite que los cuerpos se enfermen para que las almas se salven.
Por consiguiente, las verdaderas obras de caridad en la vida activa no son únicamente aquellas que se destinan al alivio de los sufrimientos físicos, sino, y de un modo especial, a curar las almas.
Si estas verdades hubiesen sido comprendidas, hace mucho tiempo que habríamos organizado una acción social católica en este sentido. Y nuestro País, en vez de debatirse en la más terrible crisis moral, daría al mundo un ejemplo de carácter, digno de nuestro pasado.
Pero los fondos destinados a las asociaciones piadosas han sido casi exclusivamente empleados por las almas caritativas en hospitales y en limosnas para los pobres: ciertamente una acción muy loable, pero menos noble y menos agradable a Dios que las que tienden a propagar el Reino de Cristo.
12 nov 2011 | por Acción Familia | Tema: Formación CatólicaInscríbase para recibir nuestra Newsletter
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Que bueno seria dar un verdadero significado a la palabra caridad, que no tan solo es dar una meras monedas para salir del paso es demostrar el verdadero amor que le damos al projimo como podremos transformar las almas si primero no asumimos un verdadero compromiso con el hombre.
El cuerpo es tan importante como el alma. Nuestros cuerpos nunca serán “cárceles”, esa es un filosofía muy superada. No entraré en detalles extensos, pero pretender que solo “tenemos” cuerpos, de la misma forma que tenemos una lavadora, es una afirmación muy temeraria. Dios se hizo hombre, se hizo cuerpo, y todo lo que tiene que ver con él es una realidad sagrada desde ese momento. No malentendamos todo el significado de la Encarnación y sus implicancias.
Hemos de reconocer la gran verdad señalada y recordada en el artículo: el camino de la caridad es de nosotros a la Trinidad Santísima y de Dios a las almas. Por lo tanto, cuando demos limosna, acompañemosla del carisma de Cristo, de sabernos servidores de Dios y admistradores de su caridad, y siempre recordando que El Señor, en su Celo de Amor por la humanidad, nos ha permitido o nos da la oportunidad de ayudar esa alma de un hermano que Dios quiere en en su Santo Reino
Para superar cualquier falencia en el orden de las leyes humanas, existe la caridad, único proposito en el cual das de manera consciente una parte de tu tiempo a Dios, a tus semejantes, los enfermos, ancianos y postrados. Son estos estos últmos quienes heredarán el Reino de los Cielos.
Para erradicar la pobreza, no es simplemente entregar una propina, sino que la verdadera pobreza que hay erradicar el verdadero egosimo existente a lo largo de nuestras vidas; El pecado original, mientras el hombre sigue cuestionandose el porqué de la situación, hay muchas personas que necesitan solamente una palabra de aliento.
Muy interesante el articulo sobre la caridad. generalmente la asociamos a dar limosna, ayudar a un enfermo, etc.El verdadero sentido el de curar las almas se desvirtua un tanto. Una buena reflexion para nuestro futuo obrar, gracias