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Fiesta de la Inmaculada Concepción (Podcast)

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No hubo en Ella ningún desorden, ninguna inclinación al mal, ni a la misma sombra de mal.

La palabra familia indica una pluralidad de personas. Pero hay otra palabra, de especial significado, que indica una sola persona: Madre.

Madre es la esencia de la familia, porque es la esencia del amor, la esencia del afecto; y, en esas condiciones, la esencia de la bondad y de la misericordia.

Así, el alma del niño en contacto con su madre comienza a comprender lo que es la bondad que no se cansa nunca, lo que es lo gratuito, el favor, el amor que no se agota. Y también aquella forma de afecto que inclina a la madre a nunca aburrirse con el hijo. Cargarlo en los brazos, jugar con él, dejarlo en el suelo, verlo correr de un lado para otro, ser importunada por él incontables veces durante el día con preguntitas, con sus gracias. Para la buena madre, en esto consiste la alegría de la vida.

Si alguien, en el comienzo de su existencia, goza de la alegría de tener una buena madre, comprende que la vida en esta Tierra podrá serle muy difícil, pero que esas dificultades no serán nada mientras tenga a su lado el cariño o el recuerdo de su madre, reviviendo las alegrías paradisíacas de su infancia.

Conservando este recuerdo, la persona mantiene la esperanza del paraíso Celestial. Donde la propia Madre de Dios nos va a recibir.

Movidos por esta esperanza es que millones de chilenos saldrán de sus casas este 8 de diciembre, Fiesta de la Inmaculada Concepción, para festejar a aquella Madre que no se cansa, que siempre nos espera, y que, además de todo, es IN MACULADA.

Reflexionemos un poco en esta palabra: In maculada. Ella quiere decir: sin mácula, sin mancha ninguna. Por eso también es llamada de “La Purísima”. Y esa pureza es desde el primer instante de su existencia. Es decir, Ella no conoció la mancha original que todos los descendientes de Adán heredamos por la desobediencia de nuestros Primeros Padres.

Por lo tanto no hubo en Ella ningún desorden, ninguna inclinación al mal, ni a la misma sombra de mal. Al contrario, siempre su alma estuvo dispuesta hacia lo más alto, hacia lo más noble. Siempre su voluntad estuvo decidida a las mayores y más generosas entregas. Siempre su sensibilidad se dispuso de acuerdo a aquellas dos potencias más altas de su alma.

De ahí que cuando el Ángel le anunció que sería la Madre de Dios, Ella le respondió: “Hágase en Mí según tu palabra”.

Estamos tan acostumbrados a oír decir que todos los hombres nacen libres e iguales, que nos sorprende ver una criatura, de la misma naturaleza que nosotros, ser tan llena de gracias como lo fue la Santísima Virgen.

Lo que pasa es que Dios, se complace en dar a todos lo suficiente y hasta mucho más de lo suficiente, pero no a todos da por igual. Él como soberano Señor concede, según su divina misericordia, privilegios especiales, y privilegios tan altos que pueden hasta desconcertar a los espíritus envidiosos e igualitarios.

Ciertamente que el más alto privilegio que Dios podía otorgar a una mera criatura es la Maternidad divina, o sea, el de engendrar a un Hombre-Dios. De ese privilegio nace este otro: que dicha Madre, por ser madre de Dios, fuese preservada de la mancha original.

Los designios de Dios son muchas veces misteriosos, pero, en este caso, la razón nos permite vislumbrar los motivos que llevaron a Dios a conceder el privilegio de la Inmaculada Concepción. Él no quería que su divino Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que debía redimir la humanidad del pecado tuviese ni la sombra de un contacto con el mismo pecado que debía redimir. Por eso, debía encarnarse en el seno más santo y más puro existente de entre las criaturas que Él venía a salvar. Y anticipando los méritos de esa Redención salvadora, preservó a su propia Madre del pecado del cual todos los demás hombres serían manchados, hasta ser rescatados por el agua del Bautismo.

Estas fueron las palabras del Papa Beato Pío Nono al definir el dogma de la Inmaculada: El 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus, que en su parte medular dice lo siguiente:

“… Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles”.

Se diría que una tal perfección sin la menor mancha sería más propia a provocar en nosotros un cierto miedo o una sensación de culpa por nuestras propias faltas, y por lo tanto un deseo de alejarse de Ella. Es lo contrario que ocurre, la Inmaculada Concepción es un motivo más de enorme atracción. Todos vemos en la Santísima Virgen María no sólo el modelo de lo que deberíamos ser, sino a Aquella que nos consuela, nos lava, nos restablece y nos adorna para ser bien vistos por su Divino Hijo.

Si no la tuviéramos como Madre, o si esa Madre no fuera tan limpia desde el primer instante de su ser natural, nunca tendríamos la confianza de poder recurrir a una intercesora tan digna y al mismo tiempo tan cercana como es la Madre de Dios y al mismo tiempo nuestra propia Madre.

Un gran Santo mariano, San Luis Grignion de Montfort nos explica muy bien esta doble maternidad de María. Nuestro Señor Jesucristo, explica él, es la cabeza del Cuerpo Místico que es la Iglesia. Ahora, quien genera la cabeza, lógicamente genera también los demás miembros de ese cuerpo, que somos todos los bautizados. Luego Ella que es la Madre de Jesús, cabeza de la Iglesia, es por eso mismo, la Madre de los miembros de ese cuerpo, que somos todos nosotros.

Los fieles, muchas veces sin conocer las razones teológicas por las cuales Ella es nuestra Madre, sentimos una innata seguridad estando cerca de alguna de sus Imágenes. Es por esta razón que el 8 de diciembre es la Fiesta en que chilenos de todas las partes peregrinan hasta alguna de sus imágenes.

Desde los más alejados santuarios del norte como el de Livircar y de la Virgen de las Peñas, pasando por lo Vázquez donde se congrega cerca de un millón de fieles, o en las ciudades nortinas de Iquique, Antofagasta, Copiapó o la Serena; o en centro del país, en la Fiesta de la Inmaculada en Coinco, en la Provincia del Cachapoal, o la Virgen de Chapi o las celebraciones de Peumo, o la Purísima de Puquillay en Nancagua, Colchagua, o la Fiesta de la Purísima de la Compañía en Graneros; o en el Sur, en la de Galvarino, en la Región de la Araucanía, o la Inmaculada de Purén en Malleco, o la Purísima de Calen en Dalcahue, en Chiloé, o la Purísma de Río Bueno en Ranco, o la Procesión de la Inmaculada en Valdivia, hasta llegar a Tierra del Fuego donde, uno de los primeros misioneros -fray Mateo Matulski- en 1876 procedió a bendecir un mascarón de proa rescatado de un naufragio al que la pequeña comunidad cristiana de la naciente ciudad de Punta Arenas y la llamó “Virgen de la Tierra del Fuego”

A bien decir no hay rincón del País que no celebre a esta Madre Inmaculada que desde el cielo nos sonríe, se preocupa con nuestras preocupaciones, nos alivia en nuestras inquietudes, y nos protege con las mil bondades de las cuales muchas veces no sabemos el origen.

Por todo esto, el 8 de diciembre, Fiesta de la Inmaculada Concepción, es un día para celebrar, alegrarse y pedirle a Ella: “no permitas que nos separemos de Ti”. Pero si tenemos la desgracia de estar separados, venid a buscarnos, a levantarnos y acércate a nosotros, como una Madre se acerca a su hijo a pesar de toda su indignidad.

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05/12/2015 | Por | Categoría: Fiestas religiosas
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